 World of Darkness: The Last Alliance La Ultima Alianza, luchando por sobrevivir el Apocalipsis. |
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Bond: Port-Royal

   Edad : 20 Inscrito el : 30 Sep 2007 Mensajes : 43 Localización : Tepic, Nayarit
| Tema: Yuuzai to Seigi Mar Jul 29, 2008 1:58 pm | |
| Saludos cordiales. El día de hoy, 29 de julio del 2008, doy incio al post acerca de una crónica EdO (Estirpe de Oriente. Esta abreviación la usaremos de ahora en adelante).
Así dicho pues caballeros, es un placer para el director general de Devil & Dust Chronicles, traerles su nueva saga: Yuuzai to Seigi --Justicia y Condena.
Ambientada en el Japón de 1334 D.C. a principios la Era Muromachi.
Enlazada con los eventos históricos de la época, esta historia promete no sólo grandes hazañas, sino un encuentro íntimo de los personajes consigo mismos, recordándonos que lo más importante de la vida esta dentro de nosotros, y que si disponemos de la suficiente voluntad, podremos transportar toda esa fuerza hacia nuestros puños, cambiado nuestro destino y el de los nuestros, y con ello, el de nuestra nación. Aquella tierra que mientras muere lentamente con el ir y venir de los días, nos ofreció todo cuanto pudo.
¿Tendrán el corazón tan grande los personajes para aceptar el valor del sacrifio y aceptar la encomienda que los Cielos pusieron sobre sus espaldas?
...sólo ellos tienen la respuesta. Pero aún no. Todavía no.
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|  | | Bond: Port-Royal

   Edad : 20 Inscrito el : 30 Sep 2007 Mensajes : 43 Localización : Tepic, Nayarit
| Tema: Re: Yuuzai to Seigi Mar Jul 29, 2008 6:40 pm | |
| Aquí la introducción oficial de la historia:
Japón, 1334 D.C.
Violentas corrientes de aire helado, provenientes de las inciertas distancias que el horizonte del Océano Pacífico posee, marchitan todo cuanto encuentran; sin hacer diferencia entre la planta o el animal, el hombre o la roca, lo vivo o lo muerto; aquélla esencia concentrada alrededor de una silueta difusa, tatúa su marca asesina convirtiéndolo todo en un cementerio con abismales pozos como tumbas, cadáveres como alfombras y cientos de espíritus moribundos como coristas de un tétrico escenario que parece avanzar hasta el fin del mundo.
La Tierra profetiza una enorme catástrofe; los ríos cercanos transportan por valles y colinas las plegarias de auxilio que la Tierra grita a los Cielos.
Los Cielos responden enviando una tormenta.
La lluvia inunda rápidamente la rivera de los ríos, convierte a los huecos del camino en improvisados arroyos; aquella violenta tormenta arroja potentes y ruidosos rayos danzantes, cuya luz, parece detener el avance de toda la esencia corrupta, mientras el eco de su poderoso estruendo se pierde en la distancia tragándose los lamentos de las criaturas moribundas.
La figura que concentra toda aquella energía maligna se detiene a contemplar la respuesta que la naturaleza le ha dado. Todas las Islas del Japón medieval parece resistirse a su avance; casi se podría jurar que le susurran al oído: “Detente… o yo te detendremos”.
En respuesta, la figura reúne bajo su puño a toda aquella esencia maligna que mata todo cuanto toca, para después golpear violentamente la tierra bajo sus pies, abriendo una grieta cuyo fondo brilla en fugas de colores carmesí y anaranjado. La figura tras una sonrisa soberbia, le responde a la naturaleza y su tormenta: “Deténganme y yo las mataré…”.
Y la tormenta cesó. __________________________________________________ “¿Quién es éste, qué hasta el viento y el mar le obedecen?”. (Marcos 4,41) _________________ "BK201" |
|  | | Bond: Port-Royal

   Edad : 20 Inscrito el : 30 Sep 2007 Mensajes : 43 Localización : Tepic, Nayarit
| Tema: Re: Yuuzai to Seigi Mar Jul 29, 2008 8:56 pm | |
| Prefacio I: Grulla de Hierro.
Era un hermoso día de verano. Adornado bellamente con características típicas de la estación; un bello cantar de pájaros, el bullicio de la gente acalorada, los gritos de los vendedores de un mercado cercano, la corriente del río que esta cerca de los cultivos de arroz y el trotar de un pequeño niño huérfano de madre: Jen Nojima
Su padre, era un hombre que de joven sólo conoció la dicha y el placer que la libertad plasma en el alma; aquella sensación que borra todo límite y destruye cualquier oposición, que re-corta los días y acerca las distancias… era ahora un hombre fríamente controlado. Convencido de que su concepto de lo “bueno” y lo “malo”, les llevaría –a él y a su hijo- por el buen sendero.
Así mismo, el padre de Jen-san era un excelente herrero. Aprendió su técnica de otro maestro en el mismo arte, Kamajin-Sama, que ahora sólo se dedicaba a crear mangos y puños para espadas, regañar niños y cultivar su huerta. He de ahí porque Jen-san dedica cuatro días de semana a aprender el oficio de la forja del metal. Mientras los otros tres días restantes ayuda a Kamajin-Sama en su casa con los deberes. Kamajin-Sama en agradecimiento de su noble tarea le enseña otra arte igualmente importante, el kendo.
He ahí la semana de un pequeño niño, aburrida y monótona. Una semana dueña de momentos lentos que provocaron el asalto de peligrosas preguntas en la mente del joven Jen-san: “¿No habrá nada más allá afuera? ¿Será así siempre mi vida hasta que sea un anciano como Kamajin-Sama?”.
Quizás lo mejor hubiera sido nunca preguntarse eso. Pues todo cambiaría un día de otoño…
El cielo estaba tapizado con nubes que asemejaban caballos, flechas, lanzas y ancianos en bastón, en la mente de un niño, ahora más un joven, robándole pequeñas carcajadas interrumpidas ocasionalmente con los gritos de los mercaderes que se instalaban junto al río. Jen-san recostado en el pasto de aquél día, holgazaneaba disfrutando de una posible tarde de lluvia, hasta que un estruendo incomparable a nada que hubiera escuchado antes le robó su atención.
Un enorme séquito de jinetes se aproximaba. El agudo oído de Jen-san le previno semejante evento. Levantándose se acercó al acantilado donde se advertía el final del río y el comienzo de una antigua cascada que anidaba un enorme largo, madre y padre de toda la vegetación de las tierras bajas de la aldea, era ahora la mesa de junta donde bebían los caballos de cerca de ocho-cientos jinetes armados.
El ruido propio del mercado, aquella mezcla entre gritos de vendedores, chismes de mujeres y el caminar, trotar y correr de todos los aldeanos no sólo apagaban los abominables gritos de guerra de los jinetes cuando comenzaron la carga sino las advertencias de un joven, Jen-san, quién gritaba desesperado lo que había visto. Ignorado cruelmente, dibujado como loco y violador del renombre de su padre, Jen-san, corrió hacia su casa, y entonces los vio por primera vez. Jinetes casi fusionados con sus caballos gracias a complejas armaduras sólo posiblemente fabricadas por alguien mejor que el mismísimo Kamajin-Sama, armados con arcos tan largos como dos hombres, quizás tres. Portadores de yelmos con cuernos y máscaras que parecían transformar a esos hombres en demonios. El miedo nubló la razón de Jen-san y privó a su corazón de sentir otra cosa que no fuera la necesidad de salir huyendo de ahí.
Todos los jinetes que irrumpieron aquella tarde de otoño, entraron como si siempre hubieran sido dueños de aquellas tierras. Tomaron mujeres, mataron hombres, robaron cosas y quemaron cualquier construcción que les estorbase el paso. Jen-san, desesperado por llegar a con su padre y advertirle del peligro fue interceptado por uno de los jinetes, quién tras tomarlo de sus ropas lo arrojó hacia una pared de madera, que fue vencida por la fuerza con la que el jinete arrojó a Jen-san, no ofreció mayor resistencia, partiéndose en pedazos astillando al cuerpo del joven Jen-san. El aterrado niño levantándose como pudo, retirando los trozos de la extinta pared, encontró los ojos de aquel jinete. Sus miradas se fusionaron. Una arrogante portadora de victoria y satisfacción, la otra humilde esgrimista de miedo e impotencia.
Incontable fue el tiempo que aquellas miradas se comunicaron la una a la otra. Pero eterno es el mensaje que escuchó el corazón de Jen-san.
Después de su encuentro con el jinete, Jen-san, acudió al encuentro con su padre, quién molesto por la tardanza y el aspecto de su hijo, lo recibió con un juego de reprendas y regaños que anticipaban una paliza. Pero, después de advertir la sangre en las ropas de su hijo, y el polvo que cubría su cabeza, su enojo se transformó súbitamente en preocupación con destellos claros de confusión y curiosidad.
Jen-san, haciéndose pedazos en un intento desesperado por contarle todo a su padre, balbuceaba o tartamudeaba repetidamente, para finalmente, presa del miedo, Jen-san rompió en llanto. Pocas fueron las lágrimas que xxxxx se diera el lujo de derramar, pues aquella amenaza había llegado a las puertas de su casa.
Siete hombres entraron en la casa de Jen-san y su padre, tras derribar la puerta. Incendiando algunas paredes que fueron blancos de flechas bañadas con sangre y grasa de hombre y animal, tomaron cuanto pudieron, colocando todo en sacos cual clásico ladrón.
El padre de Jen-san intentó detenerlos, pero sólo logró que lo golpearan. Así pues, temiendo que las agresiones contra su hijo fueran las siguientes, se incorporó protegiendo con su cuerpo a su vástago. Su oficio le había dado la fortaleza para poder soportar el castigo de las patadas que recibió en repetidas ocasiones. Todo podría pasar, pensaba el padre de Jen-san, pero hasta que el no cayera muerto, nadie tocaría a su hijo. Era una promesa que él le hizo a su esposa poco antes de morir.
Cuando los ladrones se enfadaron, se disponían a marcharse. Pero entonces aquél jinete que interceptara en el mercado a Jen-san, apareció, tomando por el cuello al padre de Jen-san, levantándolo como si toda la musculatura del hombre no fuera nada. Y entonces, le clavó una daga en su hombro derecho, dejándolo fijo a la pared envuelto en gritos de dolor y de llanto, provenientes de su hijo, el joven Jen-san. Arto el jinete de los llantos del indefenso Jen-san, lo abofeteó mandándolo a volar. Toda aquella presión sólo provocó que tanto padre como hijo cayeran inconcientes… _________________ "BK201"
Última edición por Bond: Port-Royal el Mar Jul 29, 2008 9:00 pm, editado 1 vez |
|  | | Bond: Port-Royal

   Edad : 20 Inscrito el : 30 Sep 2007 Mensajes : 43 Localización : Tepic, Nayarit
| Tema: Re: Yuuzai to Seigi Mar Jul 29, 2008 8:56 pm | |
| II. Cinco largos años han pasado y nada volvió a ser igual. Jen-san, es ahora todo un hombre según las nuevas reglas de la aldea. También un buen herrero sí, pero no comparado con Kamajin-Sama o su padre.
Después del siniestro que ocurrió en la idea, un cambió de administración fue evidente. La Casa Gobernante que dirigía a la aldea, fue cambiada por un régimen feudal muy similar a la que tenían las aldeas cercanas. Y a pesar de todo el tiempo que les llevó a Jen-san y su padre reconstruir su casa, el tiempo les sonrió, pudiendo incluso, agrandarla, colocar una tienda – herrería y construir un pozo de agua más grande.
Las cosas parecían mejorar.
Jen-san, parecía haber comprendido que desear cosas que no se necesitan es peligroso, pues los Cielos te pueden tomar la palabra, no siempre de la mejor forma. Y así disfrutaba de sus tareas, monótonas, pero seguras. Ayudaba a Kamajin-Sama con su huerta, cumplía mandados o pactos que su padre hacía con los vecinos, los granjeros e incluso los jinetes.
Dentro de poco, Jen-san, sabía que su padre le pediría realizar obras más complejas que una herradura, una flecha, o algún marco de puerta… Jen-san soñaba con hacer su primera espada japonesa, su primera katana.
Pero tal y como cinco años atrás, soñar… desear cualquier cosa, era peligroso.
Fue en una mañana de invierno. Jen-san se levantó temprano para terminar sus deberes antes de que cayera la tarde, pues se disponía a practicar Kendo. Justo cuando fuera a preparar sus alimentos, al entrar en la habitación principal, encontró a su padre hablando con un hombre con el porte de un retirado general. Aquél hombre advirtió inmediatamente la presencia de Jen-san, quién al no haber hecho ningún ruido o movimiento brusco, atestiguó los afilados sentidos del hombre que parecía sembrar preocupación en el corazón de su padre.
Aquel encuentro, transformó por completo al padre de Jen-san. Pues incluso Kamajin-Sama, se jactaba que ya no era el mismo hombre.
A partir de entonces, el padre de Jen-san, trabajaba sin descanso. Encerrado día y noche en su taller. Practicando un misterioso ritual que parecía dotarlo de una energía interminable. Atrapado en cuatro paredes y un techo que le vieron nacer como herrero y que de no ser por los jinetes que arribaron años atrás aún sería su único cuarto.
Jen-san, temeroso de preguntar, jamás puso en duda las actitudes de su padre; mucho menos su comportamiento. Ni siquiera tras haber descubierto bocetos de una espada completamente diferente ha las que había visto.
-“Aquella espada que encontraste dibujada en piel de animales, consume el día y la noche de tu padre. Y con eso él acaba con su vida”-
Confesaba preocupado Kamajin-Sama en una conversación que se llevaba acabo con Jen-san. Kamajin-Sama le revelaba que el plan de su padre era filtrar su vida a través de sus manos depositándola en la hoja de la espada. Y es por eso, que Kamajin-Sama enseñaría ha elaborar mangos de katana a Jen-san. Pues él temía que su padre no viviera lo suficiente para terminar el mango después de acabar con la hoja…
…y así fue.
Una húmeda noche de luna llena, Jen-san, encontró a su padre en una pose que sugería que se había quedado dormido después de martillar la hoja; pero, cuando Jen-san movió a su padre, se dio cuenta que él había muerto ya. Justo después del último golpe que finalizara la hoja de la espada.
Había llegado el momento en que Jen-san, tomara el control de su vida, en pro del legado de su padre y el sacrificio de su madre. Y con fuego en los ojos, y decisión en su pecho, acompañados con el talento latente en sus manos, Jen-san, terminaría lo que su padre empezó.
Kamajin-Sama, se mudó poco después que Jen-san enterrara a su padre a la sombra de un árbol que él sembró cuando niño. Kamajin-Sama, temeroso que Jen-san cometiera el mismo error que su padre, decidió en secreto, ser el que entregara su vida al finalizar el mango. Y así, después que Kamajin-Sama hiciera un pacto con los espíritus del fuego tras toda una noche de oración, aquella hoja y aquél puño tendrían depositadas en su esencia el alma de dos hombres, dueños de la fragua y el martillo.
Ya era tarde. Kamajin-Sama le pidió a Jen-san que pasara sus últimas horas con él. Y así el viejo moriría sabiendo que salvo a un chico de cometer el mismo error que sus padres; pues sabía en el fondo que aquel noble muchacho, ahora todo un hombre, estaba destinado para grandes cosas.
Jen-san, comprendería las intenciones de Kamajin-Sama, la noche que terminó la espada. Un arma que permitía al individuo renunciar a poses concretas de pelea, pues sólo requería ajustar el mango a la dirección en que se deseaba colocar la hoja. Advirtió que aquella arma, que obligó a su padre a drogarse con plantas provenientes de Corea para poder trabajar día y noche sin descansar, no sólo poseía el alma de su padre, sino también de aquél honorable anciano que fue casi su abuelo. Lo único que había hecho Jen-san, había sido seguir las órdenes de Kamajin-Sama, no interviniendo en lo más mínimo; salvándose así del sacrificio que exigía el arma.
Pero a pesar de los esfuerzos que todos hicieron, el destino mandó a llamar a Jen-san. _________________ "BK201" |
|  | | Bond: Port-Royal

   Edad : 20 Inscrito el : 30 Sep 2007 Mensajes : 43 Localización : Tepic, Nayarit
| Tema: Re: Yuuzai to Seigi Mar Jul 29, 2008 8:57 pm | |
| III. El día en que Jen-san terminó la obra de la vida de tres personas, incluyéndolo a él, tras envolver aquella espada que literalmente le había robado el alma a su padre, Jen-san marchó a con el hombre que había pedido la creación de tan singular artefacto.
El camino parecía despedirse de Jen-san. Las personas encontraban su mirada con las del joven herrero; haciendo que en la mente Jen-san hicieran eco las preguntas ¿A dónde vas? ¿Qué estás haciendo? ¿Valdrá la pena? El joven herrero casi se detiene por completo al reflexionar las preguntas que invaden una y otra vez su mente.
De repente, todo es interrumpido por unos gritos violentos, golpes que aturden a las paredes y un bullicio que cruelmente mata a la tranquilidad de las afueras del lugar.
La última casa del límite norte de la ciudad, conocida por ser habitada por un hábil carpintero, era ahora un campo de batalla improvisado de cinco hombres contra uno. Un hombre tan mal-herido que a penas podía mantenerse en pie. Por si fuera poco, un jinete, que formaba parte del grupo de hombres que se batía contra aquel pobre individuo moribundo, arroja a éste último, al pantano que servía como suelo de la casa.
Había muerto el general. Aquél hombre que cosechó por años la esperanza, en el corazón del heredero original de la aldea, de librar de la tiranía extranjera a la tierra que le vio nacer, gracias a una arma única en el mundo, había caído. En un último esfuerzo por luchar se acerco a Jen-san, pero antes de pronunciar palabra alguna, fue cortado a la mitad bañando en sangre al joven herrero. Su cuerpo cayó inerte, sin vida. Ahora yacía muerto en un pantano.
Atónito Jen-San corrió asustado. Reconoció el rostro de uno de los agresores, le había visto antes… aquél jinete le había lanzado contra una pared de madera años atrás. Él sospechaba que los hombres que mataron al general habían descubierto la conspiración contra el gobierno actual.
Y entonces Jen-san tropezó. Cansado por la jornada y asustado por el siniestro anterior, su cuerpo casi falleció.
Las personas de los alrededores, se acercaron curiosos, algunos contemplando la huída de los jinetes y otros atrapados por la euforia del momento, comenzaron a acusar al joven herrero de asesino. Las manchas de sangre en sus ropas lo comprometían más aún… su destino lo había alcanzado. Y según el propio Jen-san, él no estaba listo.
La multitud arrestó a Jen-san, buscando quizás la gratitud del gobernador. Y lo presentaron ante él.
El gobernador, desde la primera vez que se sentó en la silla del heredero, mostró una faz de soberbia, seguridad injustificada y un tosco semblante de egoísmo. Ninguna recompensa habría, para nadie que fuera él.
Y el pueblo ser marchó decepcionado.
Ahora el joven herrero, encadenado, con su cuerpo lleno de contusiones y sangre seca en sus ropas, estaba de rodillas ante un hombre que jamás había visto pero debía alabar como a dios mismo.
El juicio no duró mucho. La sentencia ya estaba dictada desde el principio. A un asesino, sólo le espera un final: la muerte.
Y así, retirando al joven herrero con su cuerpo mal-herido, los jinetes se disponían a llevarlo al árbol de su propia casa para colgarlo ahí. Pero fueron interceptados por el mismo hombre que había interferido ya varias veces en la vida de Jen-san: el jinete que años atrás lo arrojó contra la pared de madera.
Aquél hombre, ahora sospechoso participante constante en la vida de Jen-san, pidió la custodia de aquél supuesto asesino. Quería matarlo él mismo. Los demás no mostraron negativa alguna, por lo que aquél hombre se llevó a Jen-san hasta el río que estaba detrás del mercado donde trabajó el joven herrero de niño. Y en lugar de decapitarlo, lo enterró hasta el cuello. El no lo mataría, lo haría la misma tierra que el manchó con la sangre de otro… supuestamente. Y para agregarle drama, su vida sería purificada con el agua. El río subiría dentro de poco, inundándolo todo. Ahogando a Jen-san.
Sin saber porque aquél jinete se esmeraba en acabar con su vida, Jen-san sólo pudo ver como era enterrado, sin poder luchar. Su cuerpo no daba más.
El agua, lentamente, como si se negara a matar a aquél inocente muchacho llenó poco a poco las cercanías. Hasta que finalmente, sin importar cuando quisiera la naturaleza detenerse, ahogó al joven Jen-San.
“He despertado en un lugar tan frío como la más alta montaña, quizás aún más. No hay Sol. Y llueve hielo. No hay montañas, pero relámpagos negros se tragan los sonidos… camino sin dirección.
Hay muchos caminos, siento en mi corazón confusión. Tengo miedo. Estoy perdido.
Una extraña carreta se acerca a mí. Dirigida por un esqueleto de gran altura y gélidas manos. Me toma como si fuera una pequeña piedra de río. Me encierra en una jaula de un metal oscuro y frío también.
Dentro hay más personas, pero al contrario de mí, ya no hay brillo en sus ojos. Muchos tienen sus caras cortadas por el frío. Con sus cabellos congelados, algunos todavía gimen. Otros dudo mucho que aún estén con nosotros. ¿A dónde vamos?
Llegamos a un castillo al pie de una montaña fantasiosa. Casi irreal. Me duelen los ojos al mantener fija la mirada en ella.
Entramos a una habitación, donde el frío es soportable. Y me obligan a bajar por una escalera. Me dan un pico y llego a una mina de sal de colores negros. Oscura, como si fuese carbón.
A mi lado un anciano honorable pica un enorme trozo de aquella sal oscura. Pero es apaleado constantemente por un demonio con cabeza de cerdo y cuerpo de hombre gordo. Un coraje intenso invade mi alma y me devuelve las fuerzas. No puedo permitir que lo maltrate de esa manera. Aquél anciano parece recordarme un rostro familiar…
Mataré al demonio.
Lo golpeo con todas mis fuerzas. Varias veces… veo como su sangre verde me salpica la cara. Otros me ven y dudando, poco a poco me siguen.
Más hombres cerdo caen a los alrededores. Y los gritos de mis iguales hacen eco en la cueva. Hay una salida a lo lejos.
Subo por una escalera. Y escapo de aquella mansión infernal.
Camino nuevamente. Tengo hambre y me duelen los brazos.
¿Qué es eso? ¿Un espejo? ¿Por qué brilla tanto?
Es suave… puedo traspasarlo.
He regresado… mi hogar, mi cadáver en el suelo. No estoy seguro de lo que sucede.
Sólo estoy seguro de una cosa… tengo hambre y mucha sed.
¡Oh! Una pequeña caravana de mercaderes. Defendidos por un solo soldado. Comería lo que fuera… ¡incluso carne de mercader!
Porque de verdad tengo hambre…”
Jen Nojima. Ha comenzado tu historia. ________________________________________________ “¿Por qué me obligas a ver la injusticia y te quedas mirando la opresión sin qué tú actúes? (Habacuq 1,1) _________________ "BK201" |
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